Celebramos los 20 años de la Declaración de Independencia del Ciberespacio

Imagen: John Perry Barlow, 1995, © Ed Kashi/CORBIS

Imagen: John Perry Barlow, 1995, © Ed Kashi/CORBIS

Justamente hoy hace 20 años, el poeta, editor, fundador de la Electronic Frontier Foundation, además de letrista de los Grateful Dead, John Perry Barlow, envió un correo electrónico de un par de cuartillas de longitud a todos sus contactos (unos 600), titulado “Declaración de Independencia del Ciberespacio.” Escrito durante la estancia de Barlow en el Foro Económico Mundial 1996 en Davos, Suiza, su contenido puede parecer demasiado ceñido a una forma de mundo donde “ellos” y “nosotros” (los habitantes del mundo “real” y los habitantes del ciberespacio) están muy bien delineados y separados, como en un juego de ajedrez con piezas negras y blancas, ordenadas aunque hostiles, pero en su momento se trató de una de las piedras Rosetta de lo que era el ciberespacio para los primeros usuarios, no ya como interfaz a medio camino entre la conciencia androide o pseudoiluminada de la cultura raver, sino como una hermosa posibilidad de terreno no invadido y no dominado: un idílico espacio no para los cuerpos, sino para las ideas.

Sin embargo, las piezas del ajedrez electrónico se han vuelto grises, al igual que las zonas de excepción que los gobiernos utilizan para recabar información de los usuarios, zonas que funcionan como arma de doble filo, porosidades, donde los activistas y librepensadores pueden conocerse, organizarse y construir mundos más justos. 

Revisando su incendiario manifiesto, a 20 años de distancia, Barlow, de 68 años, sigue creyendo en la fuerza de sus palabras. Tal vez puede admitir que se le filtra un poco de irritación personal contra el personaje del presidente Clinton, quien trató de impulsar una ley que prohibiera material “obsceno” en línea, lo que amenazaba con regular el Internet de fines de los 90 de una forma tan arbitraria y moralina como la televisión o la radio tradicionales. También podríamos criticar el aspecto evidentemente anglocéntrico de la declaración: ya desde el título se anuncia como un contrapeso o relevo generacional de la declaración de independencia, salpimentado por la retórica de tribuna a la que el autor se vio expuesto durante su estancia en Davos. Ni qué decir que algunas expresiones no han pasado inmunes la prueba del tiempo –aunque en contraste, otras siguen siendo relevantes como contrapeso a los poderes políticos y económicos del mundo 1.0.

Sin embargo, el impacto de este manifiesto no quedó en la anécdota: esos 600 contactos de Barlow lo redistribuyeron, como una pieza viral antigua, que cundió como pólvora y ayudó a matizar la reforma a la ley de telecomunicaciones con base en la Primera Enmienda, además de formar parte de las lecturas tecno-anarquistas que formaron el inconsciente colectivo del Internet temprano. En entrevista con WIRED, Barlow afirma que “el ciberespacio es algo que ocurre de manera independiente del mundo físico (…) Depende del mundo físico, sin el cual no podría existir, pero en gran medida se trata de otra cosa, sin precedentes en la historia mundial: un medio ambiente donde la gente de todo el planeta puede reunirse y tener cierto sentido de electorado político.”

Celebrar no es solamente alzar la copa en gesto ambiguo –tanto cómplice como fraterno–, sino también criticar y cuestionar la historia de las ideas a través de sus manifestaciones más radicales. Sería triste quedarnos con la idea de lo que el ciberespacio “pudo ser” pero nunca fue: eso nos garantiza una vía rápida a la vejez creativa y al ostracismo político. Construir un Internet libre, plural y sin cortafuegos gubernamentales sigue siendo una tarea tan actual en 2016 como era en 1996. 

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John Perry Barlow

Gobiernos del Mundo Industrial, gigantes vetustos de carne y acero, yo vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, les pido a ustedes, del pasado, que nos dejen en paz. No son bienvenidos entre nosotros. No tienen soberanía alguna ahí donde nos reunimos.

No tenemos gobierno electo, ni es probable que lo tengamos, así que me dirijo a ustedes sin otra autoridad que la de la libertad, que siempre habla por sí misma. Declaro que el espacio social y global que estamos construyendo es por naturaleza independiente de las tiranías que buscan imponernos. No tienen derecho moral para gobernarnos, ni poseen métodos de coerción que sean verdaderamente de temer.

Los gobiernos derivan sus justos poderes del consenso de los gobernados. Ustedes no han solicitado ni recibido el nuestro. Nosotros no los invitamos. No nos conocen, ni conocen nuestro mundo. El ciberespacio no recae dentro de sus fronteras. No crean que pueden construirlo, como si fuese un proyecto de obra pública. No pueden. Es un acto de la naturaleza y crece por medio de nuestras acciones colectivas.

Ustedes no se han involucrado en nuestra gran y abarcadora conversación, ni crearon valor alguno en nuestros mercados. Ustedes no conocen nuestra cultura, nuestra ética, ni los códigos no-escritos que le otorgan a nuestra sociedad mayor orden del alcanzable por cualquiera de sus imposiciones.

Afirman que existen problemas entre nosotros que necesitan resolverse. Utilizan esta afirmación como excusa para invadir nuestros predios. Muchos de esos problemas no existen. Donde hay problemas reales, donde hubieren errores, los identificaremos y resolveremos con nuestros propios medios. Estamos formando nuestro propio Contrato Social. Esta autoridad se levantará según las condiciones del nuestro mundo, no del de ustedes. Nuestro mundo es diferente.

El Ciberespacio está hecho de transacciones, relaciones, y pensamientos, desplegados como una ola erguida en la red de nuestras comunicaciones. El nuestro es un mundo que está a la vez en todas partes y en ninguna, pero no es donde habitan los cuerpos.

Estamos creando un mundo donde todos puedan entrar sin privilegios ni prejuicios dictados por la raza, el poder económico, la fuerza militar o las circunstancias de nacimiento.

Estamos creando un mundo en donde cualquiera, en cualquier parte, pueda expresar sus creencias, sin importar qué tan singulares sean, sin miedo a ser forzado al silencio o al conformismo.

Sus conceptos legales de propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto, no se aplican a nosotros. Están todos basados en la materia, y aquí no hay materia.

Nuestras identidades no tienen cuerpos, así que, a diferencia de ustedes, no podemos ser llevados al orden por medio de la coerción física. Creemos que nuestra autoridad emanará de la ética, del luminoso interés en uno mismo, y del bien común. Nuestras identidades podrían distribuirse a través de sus jurisdicciones. La única ley que todas nuestras culturas constitutivas reconocen, por lo general, es la Regla de Oro. Esperamos ser capaces de construir nuestras soluciones particulares bajo esa premisa. Pero no podemos aceptar las soluciones que están tratando de imponernos.

En los Estados Unidos, ustedes han creado hoy una ley, el Acta de Reforma a las Telecomunicaciones, que repudia su propia Constitución e insulta los sueños de Jefferson, Washington, Mill, Madison, DeToqueville y Brandeis. Estos sueños deben nacer hoy, como nuevos, entre nosotros.

Se encuentran aterrados de sus propios hijos, pues son nativos de un mundo donde ustedes siempre serán inmigrantes. Debido al miedo, confían a sus burocracias las responsabilidades paternalistas que son demasiado cobardes para ejercer por ustedes mismos. En nuestro mundo, todos los sentimientos y expresiones de la humanidad, de las más viles a las más angelicales, son parte del mismo todo sin fronteras, la conversación global de los bits. No podemos separar el aire que asfixia del que baten las alas al volar.

En China, Alemania, Francia, Rusia, Singapúr, Italia y los Estados Unidos, están tratando de protegerse del virus de la libertad erigiendo puestos de guardia en las fronteras del Ciberespacio. Esto puede mantenerlos fuera de contagio por un corto lapso, pero no funcionarán en un mundo que pronto será cubierto por medios hechos de bits.

Sus industrias de información crecientemente obsoletas podrán perpetuarse a sí mismas a través de leyes, en Estados Unidos y en cualquier parte, que reclamen la propiedad de la palabra por todo el mundo. Estas leyes declararán que las ideas son solamente otro producto industrial, no mucho más noble que el hierro oxidado. En nuestro mundo, cualquier cosa que la mente humana pueda crear puede ser reproducido y distribuido infinitamente sin costo alguno. El tráfico global de ideas ya no necesita de sus fábricas para realizarse.

Estas medidas cada vez más hostiles y coloniales nos colocan en la misma posición que la de los anteriores amantes de la libertad y autodeterminación quienes rechazaron las autoridades de poderes distantes y poco informados. Es preciso declarar nuestro ser virtual como inmune a dicha soberanía, incluso si seguimos aceptando su poder sobre nuestros cuerpos. Nos extenderemos por todo el Planeta para que nadie pueda arrestar nuestras ideas.

Crearemos una civilización de la Mente en el Ciberespacio. Que sea más humana y justa que el mundo que sus gobiernos hicieron antes.

Davos, Suiza

Febrero 8, 1996

 

A Declaration of the Independence of Cyberspace [ENG]

Twitter del autor: @javier_raya